Hay una contradicción que merece una reflexión: nos cuesta llevar a un niño al tanatorio a despedir al abuelo porque puede pasar miedo, pero no nos importa disfrazarlo de monstruo o de bruja para celebrar Halloween. Nos cuesta enseñarle a afrontar la muerte, pero no convertirla en un juego.

Los cristianos no tenemos miedo a la muerte, aunque nos duela. No necesitamos disfrazarla ni convertirla en espectáculo. La miramos de frente, con lágrimas, memoria y esperanza, porque creemos que la última palabra no la tiene la muerte, sino Dios.

Por eso celebramos Todos los Santos y Todos los Difuntos: para recordar desde la conciencia, amar desde el corazón y rezar desde el alma por quienes nos precedieron. Celebramos la santidad y la vida eterna; agradecemos las vidas que nos dejaron huella y mantenemos viva la esperanza de la Resurrección.

No se trata de combatir a nadie ni de imponer costumbres, sino de defender nuestra identidad cristiana sin complejos. Que algo lo haga mucha gente no significa que esté bien; y que celebremos la santidad menos de lo que merece no significa que esté mal. Somos muchos los que el 1 de noviembre acudimos a la Eucaristía y los que el 2 visitamos los cementerios, llevamos flores y rezamos por nuestros difuntos.
Nuestros hijos necesitan algo más que monstruos y disfraces: necesitan raíces, memoria y esperanza. Necesitan aprender que despedirse duele, pero recordar es hermoso; que el abuelo no es un fantasma, sino alguien que nos quiso y merece ser recordado con ternura.

Y, francamente, ya estamos bastante hartos de trucos y tratos en la vida cotidiana: de engaños, apariencias y promesas incumplidas. No necesitamos más trucos cuando necesitamos verdad, ni más sustos cuando tantas personas viven ya con miedo.

El cristiano celebra lo que tiene que celebrar. No damos culto a las calabazas ni convertimos la muerte en espectáculo. Celebramos la santidad, rezamos por nuestros difuntos y proclamamos nuestra esperanza en Cristo resucitado.

Que el ruido de Halloween no silencie la belleza de Todos los Santos ni el recogimiento de Todos los Difuntos. Encendamos una vela, llevemos flores, participemos en la Eucaristía y hablemos de nuestros seres queridos a nuestros hijos.

Porque lo que permanece no es el disfraz de una noche, sino el amor sembrado durante toda una vida. Y nuestra esperanza no es una calabaza iluminada en la oscuridad, sino Cristo resucitado, luz que ninguna muerte puede apagar.
¡MIRADA AL CIELO! ¡SIEMPRE!
J.Leoz

Yo creo que en la fiesta de Todos los Santos , no celebramos a los que ya están canonizados y en los altares . Celebramos a esos que nos precedieron y de manera sencilla hicieron el bien ,viviendo su vocación , amando a Dios y a su prójimo.

Seguro que todos tenemos nuestros santos, que nos enseñaron y condujeron por el buen camino.

Benditos sean TODOS NUESTROS SANTOS 🙏🏻🙏🏻🙏🏻

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